No sé si te ha pasado, pero yo llegué a un punto donde cerrar los ojos se volvió más estresante que cualquier otra cosa del día.
Me acostaba muerta del cansancio, reventada de tanto hacer cosas. Pero apenas apagaba la luz, empezaba. Esa sensación de fuego en la boca del estómago que me hacía querer arrancarme algo de adentro. Me retorcía en la cama. Probaba todas las posiciones. Boca arriba, de lado, con dos almohadas, con una. Nada.
Y cuando por fin lograba quedarme dormida, me despertaba a las dos horas con el corazón acelerado, sudando, con esa angustia en el pecho que no sé ni cómo explicar. Así viví tres años.
Probé de todo. El Omeprazol que me daba el doctor y que solo me hacía sentir peor. Los tés que me decía mi mamá. Comer solo pollo hervido y arroz blanco. Dejar el café, el picante, hasta el tomate. ¿Sabes qué pasó? Nada. Seguía igual o peor.