Hay algo que nunca le conté a nadie, ni siquiera a mi esposo durante mucho tiempo.
Le tenía terror a que se hicieran las ocho de la noche.
Porque sabía lo que venía: acostarme, cerrar los ojos, y empezar a pensar en que no iba a poder dormir. Otra vez.
El solo hecho de pensar "tengo que dormir" me ponía el corazón a mil.
Me acostaba y empezaba el show: "Si no duermo hoy, mañana no rindo en la reunión. Van a notar que estoy mal. Voy a decir algo estúpido. Ya son las 11, si me duermo ya solo tengo seis horas. Cinco. Cuatro..."
Y así toda la noche. Con los ojos abiertos. Con el pecho apretado. Con esa sensación horrible de que mi propio cuerpo me estaba traicionando.
Lo peor no era no dormir. Era el miedo a no dormir.
Probé todo lo que me dijeron. Tés de valeriana que me dejaban con náuseas. Melatonina que no me hacía nada. Videos de meditación guiada que me daban más ansiedad porque no podía concentrarme.
Nada funcionaba. Y cada noche que pasaba sin dormir, el miedo crecía más.